Tragedia cósmica en dos actos Autor: Enrique -Kike-

Tragedia cósmica en dos actos

El otro día hablaba aquí de las ocurrencias de los niños. Y eso me hizo recordar algo que me pasó hace tiempo. Recuerdos, recuerdos, recuerdos…

[1]

Un viernes de julio, 1999. Doce del mediodía. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos se ocupan en distintas tareas. Bueno, en realidad, están ocupándose en distraerse, que es más o menos lo que han hecho todo el día. Solo que ahora sin remordimientos, porque es la hora del recreo, después del almuerzo. Cáscaras de naranja por aquí, por allá; envolturas de galletas, cajitas de refrescos… El joven profesor está sentado en su escritorio… concentradísimo en su tarea de latín. En la tarde tendrá clases en la universidad.

—¡Profesor, Daniel está llorando!

Kike levanta la cabeza. Le toma tiempo darse cuenta de dónde está. Pero, de pronto, el Imperio Romano cae hecho pedazos ante sus ojos, como un espejo que se rompe, y solo queda el rostro de Rosario, los ojos abiertos como platos, preocupadísima.

—¡Profesor, Daniel está llorando!

Sí, sí, ya había escuchado. Kike se levanta. ¿Qué habrán hecho ahora? Por lo menos una vez a la semana era la misma historia. Y, bueno, son niños…

Se acerca cautelosamente. Sabe que a los diez años de edad el “Fulanito está llorando” puede significar tranquilamente que a Fulanito le han sacado el ojo o le han volado un dedo. Cualquier cosa podía pasar. Pero había que tener fe. Tal vez la cosa no pintara tan feo.

En un rincón los demás niños hacían un círculo alrededor de Daniel… o lo que quedara de él. Kike se aproxima y echa un cauteloso vistazo. Gracias al Cielo, todo Daniel estaba aún ahí. Msssaver, dosojosmsssdospiernasmsssdosbrazosmmmsnsmsmdedosmsmsmms…. completo. Todo bien. Todo en su sitio. Aparentemente sería un caso de psicología simplemente. Kike sonríe: pan comido.

—¿Qué pasó, Daniel?

Daniel lloraba en silencio. Los niños a veces lloran a mares, escandalosamente, como cuando a un futbolista le hacen un foul cerca del área, que no duele… pero que es cerca del área. Entonces patalean y gritan como si les hubieran machacado un dedo con la puerta del Congreso. Entonces todos saben que no es así, que solo está queriendo llamar la atención. Pero esta vez Daniel lloraba en silencio, como si algo realmente estuviera mal. Kike, sagaz, advirtió esto pronto.

—Se rompió mi regla.

“¡Mi Dios del Cielo! ¿Y para eso me molestan?”. Kike reprimió ideas fugaces que pasaban por su cabeza. Miró el reloj de reojo, pensó en la tarea de latín para las cuatro de la tarde; miró luego a Daniel, la regla rota…

Decidió calmarse. Psicología infantil: los niños no ven las cosas como nosotros los mayores. Hay que descender a su nivel. Hay que intentar ver las cosas como ellos. Hay que ponerse en sus zapatos. ¿De dónde sacaba Kike esa inspiración? No lo sabía, pero enhorabuena: aplicaría un poco de esto y otro poco de aquello, y con algo de suerte en cinco minutos volvería a aquella fábula de Fedro.

Primero que todo, lógico, hacerle sentir que le prestamos atención. Básico.

—A ver, Danielito, cuéntame qué pasó.

“Danielito”: genial. Un detalle de ternura, escucharlo con atención… Kike estaba ganando puntos. Danielito arrancó con su historia mientras Gerardito, un metro más allá, miraba inseguro y de reojo: aún no decidía si era su culpa, y escuchó el relato con los ojos bien abiertos… asustado, más bien.

La historia era sencilla: acabado el almuerzo, Gerardo vino a invitarle sus galletas, a pedirle que le invitara una de las suyas, hicieron un intercambio, algo no salió bien, dame mi galleta, te di la mía, dame la tuya… Y, de pronto: ¡toma! Monsieur Danielou tomó su espada y asestó un amago de tajo en el pecho de Monsieur Geragdó. Este no se quedó atrás. Hábilmente esquivó el lance, y con una ágil voltereta llegó hasta su sitio y cogió, a su vez, su espada. Lady Rosary, la bella doncella inglesa, volteó la mirada para presenciar aquel duelo de galantes mosqueteros, que si bien no se peleaban por ella —sino por una galleta—, le daba más o menos el feeling.

¡Chas! ¡Chas!, las espadas volaban describiendo arcos, parábolas, rectas y vuelos de saeta. Los intrépidos luchadores no se daban tregua. Monsieur Danielou sacaba chispas de su espada con sus feroces ataques al enemigo; monsieur Geragdó pintaba el aire de colores con la danza que su capa febril dibujaba en el aire con galanura y belleza. ¡Qué agilidad! ¡Qué dominio! ¡Qué emoción! ¡¿Qué niño no ha jugado nunca con su regla escolar a los espadachines?! ¡Zas! ¡Clin! ¡Plas! ¡Chas! Monsieur Danielou esquivaba las feroces avanzadas de su adversario, respondía con redoblada furia. Mientras tanto, a un costado, Lady Rosary suspiraba…

¡PAF!

Dos niños de diez años quedaron frente a frente mirándose en silencio. Uno de ellos sostenía en su mano una regla de treinta centímetros; el otro sostenía una de 17,3… los otros 12,7 yacían en el suelo, agonizando. Durante un instante fue el silencio, las miradas perdidas, la sorpresa. Luego fue la confusión, el llanto. Daniel se arrojó en su carpeta, hundió la cara entre sus bracitos y rompió a llorar en silencio; Gerardo se quedó parado a unos metros, debatiéndose entre el orgullo del vencedor y el pasmo del cómplice de un delito. Rosario fue a buscar al profesor.

—Ahora mi abuelita me va a pegar.

“Pegar” es el eufemismo que utilizan los niños peruanos para describir una carnicería doméstica. “Pegar” es cualquier cosa: desde un simple manazo hasta una azotaína completa con arma blanca (cinturón). Cualquier cosa. Kike mira a Daniel en silencio, y luego mira a los demás niños. Todos voltean a la vez a ver su rostro: él es el profesor, él sabe qué hacer, él solucionará el problema.

—Sí, claro…
—¿Qué dijo, profesor?
—No, nada, Rosario.

Kike toma aire.

—Ya, Danielito, tranquilo. No fue tu culpa. Fue un accidente. A todos nos pasa alguna vez. Yo también rompí reglas jugando a los espadachines.
—¡Pero mi abuelita me va a pegar!

Ujummm… interesante, mi querido Watson. Kike tiene un atisbo de lucidez: el problema no parece estar en el estatuto epistemológico del suceso; el punto parece ser la reacción que sigue a la acción, la desproporción de la medida de la justicia humana y el absurdo de la arbitrariedad. O sea, a Daniel no le interesa cómo se rompió su regla; lo que le preocupa es que la abuelita lo va a sonar.

—No le voy a decir nada a mi abuelita.

¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¿Mentiras aquí? ¿Estamos planeando una? Se podían meter con cualquier cosa, pero no meterán a Kike como cómplice de una mentira. Había que hacer algo y pronto.

—Daniel, eso no está bien. Yo creo que lo mejor es que le cuentes a tu abuelita qué pasó.

¿Y qué puede tener de raro una abuelita? Kike la conocía: es verdad, era un poco antipática; pero no era para tanto. Además, era mejor ir con la verdad —dolorosa pero cierta—, antes que complicar las cosas con una mentira.

—Lo mejor es que vayas de frente donde ella y le cuentes todo. Dile: “Abuelita, se me rompió mi regla”, y le cuentas cómo pasó. Además, no te va a pegar, estoy seguro.

¡Claro que no le va a pegar! ¡Hombre, estamos en pleno siglo XX! Somos personas adultas y razonables. De seguro esa buena señora apreciará que el nietecito le cuente francamente qué pasó.

—¿Usted cree que no me pegue?
—De hecho, Daniel. Tranquilo. —Aquí aprovechó para tomarle la cabeza con la mano. Estaba inspirado—. Es más, a tu abuelita le va a dar más gusto que le cuentes la verdad. Y ella sabrá comprender. Los adultos somos así: es mejor conversar las cosas, hablar con sinceridad, dialogar.

Al decir las últimas palabras le puso la otra mano en el hombro y le acarició la cabeza con solidaridad. Poquito nomás: no hay que abusar. Daniel se va calmando.

No hay nada que hacer, Kike: te anotaste mil puntos. Te acabas de graduar. No solo tranquilizaste al pequeño; además, le has enseñado a amar la verdad, a andarse con franqueza en la vida, y le has mostrado el valor que tienen la sensatez y el diálogo en lugar de la violencia y la irracionalidad. Nada mal, nada mal… Si te vieran tus profesoras de la facultad… ¡Y eso que tu especialidad es secundaria, y no estos enanos de primaria!

Daniel se calma. Kike le seca las lágrimas con su propio pañuelo, detalle romántico que lo llena de orgullo (vamos, no es nada). Los demás niños sonríen aliviados. Gerardo también: prestó muchísima atención a aquello de “fue un accidente”. Él también dormirá tranquilo hoy y el fin de semana. Kike no deja de advertirlo, y al pasar a su lado le da un golpecito amistoso en la cabeza. Bien jugado. Dos pájaros de un tiro. Nota mental: “Anotar en la agenda: ‘Lunes: preguntarle a Daniel qué tal le fue con la abuela’ “. Sí, el último toque de psicología: siempre preguntarle a la persona qué tal va aquel asunto. Demostrar interés. Otro gol.

Kike regresa a su escritorio. Ahora sí, a sumergirse en Fedro, su lobo y su cordero: Ad rivum eundem lupus et agnus venerant…

[2]

Un lunes de julio, 1999. Ocho de la mañana. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos comienzan a entrar uno por uno al salón. Saludan al profesor y van a ocupar sus carpetas. El profesor está ocupado pensando en qué oración inicial hará ese día. Hay que encender la vela de la Virgen. ¿Entonaremos un cantito? ¿Quiénes se pelearán ahora por tomar la caja de fósforos y encender la vela?

El último en entrar es Daniel. Entonces a Kike le llega a la mente un recuerdo súbito. Ni siquiera tuvo que mirar su agenda. Simplemente recuerda el tema pendiente, las lágrimas de cocodrilo, la regla, la venganza de la abuela…

Es hora de completar la labor: “preguntarle qué tal va ese asunto”. Debería haber estudiado Psicología y no Educación.

Se acerca a Daniel con una gran sonrisa.

—Hola, Daniel. ¿Y qué tal te fue el viernes con tu abuelita? ¿Le contaste la verdad? ¿Le dijiste que se te rompió la regla? —Kike sonreía como un bombero retirándose de un incendio entre los agradecimientos de los dueños de casa: “Ea, no fue nada; solo hice mi trabajo”.
—¡Sí, le conté! —dijo sonriendo feliz. Daniel tiene una sonrisa maravillosa y pícara. Siempre parece provocarte con su sonrisa, como diciendo “A ver, cuéntame un chiste que no me haga reír porque todos me hacen reír”. Y era cierto: todo le hacía reír—. Sí le conté.
—¿Y qué pasó? ¿Cómo reaccionó? ¿Te pegó acaso?

Daniel sonrió mucho más todavía cuando respondió.

—¡Sí! —y mostró esta vez todos los dientes.
—¡¿En verdad te pegó?! —La sonrisa de bombero se le había hecho cenizas.
—¡Sí! —Daniel sonreía más: parecía que iba a comerse las orejas.

Kike estaba perplejo. ¿Y la franqueza? ¿Y la justicia? ¿Y el diálogo? Se sintió repentinamente desnudo… sin su traje de bombero.

Pero Daniel no había terminado su relato.

—¡Profe, pero mi abuelita me compró una regla nueva! —Parecía que estuviera relatando cómo se fue de viaje a Disneylandia en vez de cómo lo masacró la abuela.
—¿En verdad?
—¡Sí, aquí está!

Sacó de su mochila una regla grande, de treinta centimetros. Y al hacerlo sonrió todavía mucho más, si aún me creen que alguien puede sonreír tanto. Este chico debía de tener algún problema maxilar.

—Me compró esta regla. —Con la misma emoción hubiera mostrado un lingote de oro.
—Sí, ya veo. ¿Y no te dijo nada más?
—¡Sí! ¡Esta vez me dio permiso para romperla!

Kike tosió. ¿Había escuchado bien? La sonrisa del niño parecía no dar lugar a equívocos.

—¡¿Cómo?!
—¡Sí, me dio permiso para romperla! —Sí, sí, lo decía sin dejar de sonreír.
—Pero ¿cómo así?

Entonces Daniel entornó los ojos con gesto de malignidad, y enseñando los dientes y poniendo la voz ronca, llena de amenaza y rencor, imitó la voz de su abuelita a la perfección:

—Es que me dijo: “¡Y vas a ver lo que te pasa si la rompes de nuevo! ¡Rómpela, nomás…!” —y luego volvió a la normalidad y dejó salir su sonrisa nuevamente.

[***]

Siete años después, me sigue sorprendiendo cómo Daniel mantenía su inconmovible buen humor a pesar de la tremenda azotaína que le cayó aquel viernes. Y es que era cosa de verlo, fíjense: ¡el tipo estaba feliz! Feliz como siempre solía estar. Y no miento: su sonrisa te alegraba el día todos los días. Cómo es, ¿verdad?: en serio los niños son como algo nuevecito recién llegado al mundo. No tienen malicia: no la han aprendido. No tienen rencor: no lo han aprendido. Daniel, a pesar de la tremenda zurra, seguía siendo el mismo niño alegre y feliz, y seguía confiando en la autoridad de su abuelita. Y, bueno, claro: con una abuela así yo tampoco me hubiera atrevido a desconfiar, je, je…

Fuera de bromas, con razón el Señor nos pidió ser como niños: personas sin malicia, sin rencores, capaces de volver a confiar en los demás, de entregarse y de sonreír siempre.

Autor: Kike-Enrique

 

 

Con el consentimiento y alegría del Autor.

Fuente: http://fueradebromas.blogspot.com

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