Martín Lutero – Autor: Francisco Javier R. S.

Desde el siglo XIV la Iglesia pedía una reforma a gritos; simplemente una reforma que principalmente se asentaba en dos puntos: la Escritura era superior a cualquier explicación que se diera de ella y el cuerpo de la cristiandad era superior a los miembros que la formaban en sí.

Lutero fue un caso peculiar. Adquiriendo de joven las enseñanzas de autores como Ockham o Wycliff, los cuales habían sido causas de gran desestabilidad en toda Europa, comenzó a enunciar sus propios principios: la humanidad estaba radicalmente corrompida, solo la fe puede proporcionar verdad y salvación y ésta sólo se encuentra en las Escrituras pero no en la tradición, que la corrompe.

¡Pero no siempre fue así! Hasta 1517 Lutero no tuvo ningún comportamiento ni idea heterodoxo simplemente hay una línea de insistencia de refugio en la fe apoyándola en las epístolas de San Pablo. Sólo las indulgencias que se recaudaban para comenzar la construcción de San Pedro de Roma supusieron el arranque de su heterodoxia mediante sus 95 tesis acerca de las indulgencias.

 Pero no supuso esto una separación con la Iglesia Católica, al contrario, simplemente fue considerado como un acto de rebeldía: algo muy común en la época ya que Juan Huss en Praga por ejemplo había protagonizado un intento similar casi un siglo atrás y la Iglesia no se había dividido. De hecho, al principio simplemente supuso una disputa teológica entre él y Tetzel dominico encargado de las indulgencias en Alemania. ¡Y más aún! Después de sus 95 tesis, el superior de su orden, la de los agustinos, consiguió que enviase una carta bastante respetuosa al Papa (en 1518).

Sólo cuando el asunto llegó a oídos del Papa por medio del arzobispo de Brandenburgo, Martín Lutero negó la autoridad del Papa argumentando que el Concilio era superior al Papa y que sólo obedecería a lo primero (cosa que tampoco era extraña ya que todos los humanistas teólogos del siglo debatían sobre quién era superior a quién).

Sin embargo, la soberbia de Martín Lutero se vislumbro en la Controversia Pública de Leipzig. Lutero fue rodeado de estudiantes que llevaban y en el momento en que su interlocutor, Juan Eck, lo acorraló en su discurso, Lutero no tuvo otra salida que negar la Autoridad del Concilio y con esto negó toda la tradición. Es decir, la soberbia y el orgullo de un solo hombre hirió a la Iglesia desde entonces hasta nuestros días…

Es revelador el siguiente texto escrito de su puño y letra que toda Iglesia protestante debería tener colgado en su puerta y en su altar para que sus feligreses sepan donde están entrando:

Yo, el doctor Lutero, indigno evangelista de nuestro Señor Jesucristo, os aseguro que ni el Emperador romano […], ni el Papa, ni los cardenales, ni los obispos, ni los santurrones, ni los príncipes, ni los caballeros podrán nada contra estos artículos, a pesar del mundo entero y de todos los diablos […] Soy yo quien lo afirmo, yo, el doctor Martín Lutero, hablando en nombre del Espíritu Santo. No admito que mi doctrina pueda juzgarla nadie, ni aun los ángeles. Quien no escuche mi doctrina no puede salvarse.

“Y la gente se sorprendía, ya que hablaba como quien tiene autoridad…” 

Autor: Francisco Javier R. S.

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