A la Bienaventurada siempre Virgen María, madre nuestra querida.

No, no temo al pecado. Porque Tú puedes remediar el mal que me ha hecho.
No, no temo al demonio. Porque Tú sola puedes derrotar a todo el infierno.
No, no temo a Tu Hijo, justamente indignado conmigo. Porque una palabra tuya bastará para aplacarlo.
Sólo temo que por mi culpa deje de encomendarme a Ti y así me pierda.

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