“Aquella Niña” – Autor: Enrique, Kike

Esto que voy a contar me pasó hace tiempo, pero hoy lo recordé por algo que contaré luego.

Mis padres trabajan haciendo movilidad escolar, es decir, llevando a algunos niños a la escuela. Según las regulaciones por aquí, el conductor siempre debe ir acompañado por algún adulto responsable que atienda a los niños mientras él conduce. Cosas de seguridad. Normalmente es mi papá quien acompaña a mi mamá en estos menesteres, pero hoy me tocó a mí.

Bueno. Está esta niña que se llama Carolina. Tiene tres años, y de más está decir que es una ternurita de ser humano: cabello castaño, ojos entre verdes y grises, cara redondita y una sonrisa que derrite hasta al Diablo. ¡Pero vaya: cuando está de mal humor: agárrate, Catalina!

Íbamos de regreso para llevarla a su casa. Ni bien salió del colegio nos enseñó a todos su enorme cara de enojo —de furia, más bien—, cara de “si te acercas, te mato”. ¿Qué fue? Concurso de pancartas en el colegio, pancartas alusivas al día de la educación inicial. ¿Y qué había sido? Pues que la pancarta de Carolina había sido escogida como una de las más bonitas, y tuvo que dejarla en el colegio para una exposición destinada a los padres. O sea: un premio, ¿no es obvio? Pero anda a explicarle eso a una niña de tres años. No: Carolina estaba indignadísima: le habían arrebatado su pancarta. (¡Y vaya uno a saber!: tal vez la pancarta se la hizo la mamá, ¿vio? Pero eso a un niño no le importa: es SU pancarta y punto. No hay derecho, simplemente).

La cosa es que entró a la camioneta con un humor de perros… rottweiller. Me siento a su lado y trato de consolarla. ¡Puf, vaya ingenuidad!… la mía, digo. No me hacía ni caso. Al contrario: me gemía y me gritaba; me amenazaba con sus gritos; me decía con su mirada de fuego que me callara de una buena vez. Yo insistía: hacer reír a los niños solía ser mi especialidad. Pero no contaba con que Carolina no estaba de humor para ser niña esa mañana. Ella era ya una viejita renegoncita de pleno derecho. Así que lo inevitable sucedió: en un momento ya no pudo más. Me había yo acercado a comentarle no sé qué, cuando ella volteó violentamente y me dio un manotazo. Mis anteojos volaron por la camioneta y fueron a dar bajo el asiento delantero. Horrible cosa, oiga.

Y vean, a mí me gustan los niños, ¿oquéi? Pero ya cuando se ponen en ese plan es una cosa más complicada, y me brotan un par de traumas de cuando era profesor en el colegio aquel de niños”difíciles” (por poner un adjetivo rápido). Y, bueno, también está el engreimiento y qué sé yo. (Sumen mil cosas más: yo en lo de tolerar frustraciones todavía tengo que trabajar un poco). La cosa es que me volví y, misma novia despechada, resolví no hablarle nunca más en toda mi vida ni aunque se volviera de grande algo parecido a Kim Bassinger (sí, sí… ya sé que Kim Bassinger ya fue; pero es que se me ocurrió por aquello del parecido físico, ¿vio?). O sea: ley del hielo.

Pero luego de un rato comenzó esta historia que me volteó los papeles totalmente. Que vamos en silencio un buen rato, y de pronto ella saca un cuento de su mochilita, como para entretenerse en algo y ya no tener que hacerme caso, o evitar la incomodidad de tener al lado a su víctima perfectamente silenciosa y resentida. Bueno: así interpretaría yo el comportamiento de alguien de mi edad. La cosa es que sacó el cuentito y… pues se acordó de que no sabía leer. ¡Tiene tres años! Así que se voltea y con todo el desparpajo del mundo, como si nada hubiera pasado —que para eso, algunas mujeres se pintan solas, y yo no sabía que ya lo ejercitaban desde chiquitas—, me dice a boca de jarro: “¿Me puedes leer?”.

Yo me hago como si conmigo no fuera. Ya sé que es una niñita, hombre: pero ya comprenden a qué me refiero con que me había dolido mucho su reacción de hace un rato. Carolina no se hace problemas e insiste sin hacer ninguna mueca: “¿Me puedes leer?”.

Entonces uno se acuerda de la misericordia y esas cosas, ¿vieron? O sea: de ser coherente con la fe, de perdonar a los que nos hacen daño, de dar la otra mejilla… y, básicamente, de que es una niña, forgadseik. Así que le tomo el cuentito de las manos con delicadeza y le digo: “Esta bien. Pero con una condición: que no me vuelvas a golpear. No me gustó que me golpearas”.

Con ella no era. Carolina ni me miraba. Miraba por la ventana antentamente, como si el resultado de la lotería estuviera ahí y a ella le faltase un numerito. Yo insistí: a mí no me hacen esas cosas, ¿vio?: “Carolina, no me gustó que me golpearas. Me sentí mal. Muy triste”.

Carolina seguía inmutable. Entonces resolví para mis adentros: “No tiene caso. Es una niñita. ¿Qué puedo esperar? Mejor leerle y punto”. Pero entonces ocurrió. Sin avisar nada, con total brusquedad, casi con violencia, Carolina se vuelve de pronto hacia mí y se lanza decidida a mi rostro. Y mientras se agarra de mi cuello en un abrazo lindo, cálido y tierno, me estampa un beso en la cara y se queda tomándome un ratito más.

¡Ay, mi Dios! Todo se me volvió de arriba a abajo, y de abajo a arriba. ¿Creen que supe qué hacer? ¿Creen que supe qué pensar? ¿Creen acaso que se me ocurrió cómo reaccionar o hacer algo? Todas mis categorías destruidas; todos mis argumentos regados por el suelo; todo mi rencor y mi incomodidad destruidos de un zarpazo de ternura y calidez. Casi casi suelto una lágrima, les cuento, y por mucho rato no supe qué hacer (¡que ya es decir!).

Hasta ahora no recuerdo cómo terminó la historia, o sea, qué hizo su humilde servidor. Solo recuerdo que un rato después ya estaba yo leyéndole el cuento con el mayor de los cariños, con el beso aún latiendo en mi rostro, y con el corazón henchido de alegría y ternura. Pero, eso sí, prudentemente alejado de su brazo izquierdo… je, je…

Fuera de bromas, es impresionante ver a un niño de tan corta edad y ver cosas así, ¿no? Uno piensa: caramba, ¿quién le enseñó a molestarse así? ¿Quién le enseñó la frustración, la rabia, la indignación? ¿Quién le enseñó a manifestar sus emociones así? Porque de que estaba molesta, lo estaba. Pero luego uno se pregunta: ¿y quién le enseñó a ser tan tierna? ¿Quién le enseñó a pedir perdón? ¿Quién le enseñó que lo que hace a los demás puede dolerles? ¿Quién le enseñó a reflexionar, quién le enseñó la profundidad?

Los niños son un misterio porque nacen nuevecitos, tábula rasa. Bueno, bueno… ok: la eterna discusión nature Vs. nurture (en el más puro inglés, con anglicísimo “Vs.” incluido). Pero algo de nature hay, ¿vio? Y es interesante reparar en eso. Los niños vienen de fábrica con el sello todavía a la vista de la imagen divina. Se ve clarito. Y aquello medio cursilón de que Dios está en la sonrisa de un niño… es totalmente cierto. Miren la ternura de esa niña. ¿Por qué conmueve? Porque algo en el fondo de nosotros reacciona frente a una ternura así. El eco de un silencio, de algo que falta. Pietr van der Meer hablaba de que la belleza es, no obstante, “[…] siempre trágica, porque es el canto inspirado por una carencia”. Exactamente.

Autor: Enrique-Kike

 

Con el consentimiento y alegría del Autor.

Fuente: http://fueradebromas.blogspot.com

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