La tentación y la santidad – Autor: Francisco Javier R. S.

La tentación y la santidad

Lo primero es decir que la tentación no es pecado. La tentación puede ser causa de pecado, ya que no toda tentación desemboca en pecado. Por lo tanto, la tentación no implica el pecado.

La tentación es inevitable por parte del hombre: nada ni nadie puede conseguir arrebatar la tentación de su naturaleza. Los líderes de muchas sectas religiosas suelen exhibirse como seres no sólo libres de pecado, sino libres de tentación, ya que la tentación los hace “indignos” de Dios según ellos e instan a sus seguidores a evitar la tentación.

Las personas podemos intentar evitar el pecado, unas veces “ganaremos” y otras “perderemos”; pero la tentación es imposible de evitar. Recordemos el Padre Nuestro:

“No nos dejes caer en la tentación.”

Es claro lo que Jesús nos enseñó: sólo Dios puede evitar que el demonio nos tente; sólo a Él podemos pedirle ayuda.

¿Qué consiguen los líderes de este tipo de sectas en sus seguidores? Un agobio y una desesperación tremenda en el corazón de estas personas. Todos creen que sus líderes son absolutamente perfectos y, ¿qué piensan en cuanto se ven tentados? ¡Que son absolutamente indignos de Dios! Por supuesto en ningún momento piensan que son los líderes los que mienten…

Profunda desesperación… Profundo dolor… Más que eso siente el que cree eso… ¿Por qué…? Porque olvida que Dios no ha venido a castigar… ¡Sino a perdonar los pecados y a salvarnos! Olvida que Dios mismo fue tentado en el desierto por el demonio… ¿Acaso ellos como hombres pueden evitarlo? ¿Pueden ser mejores que Dios? No… ¡no pueden! Sin embargo, se les inculca que tener tentaciones es casi peor que pecar…

La tentación forma parte de nosotros; no podemos destruirla: tenemos que vivir con ella. El único camino, es “convivir” con la tentación y encomendarnos a la protección de los ángeles, los santos, Santa María y la Santísima Trinidad. Si vivimos obsesionados con el “esto es tentación… tengo que evitarlo… tengo que evitarlo”. Al final, ¿qué sucederá? Pues que la tentación se vuelve el centro de nuestra vida; sólo pensamos en evitarla… Pero, ¡ay! Es que sólo pensamos en ella… Y es entonces cuando el demonio no da tregua alguna… ¡hasta que caigamos!

Por eso no debemos vivir con la tentación tan presente. Repetir siempre enérgicamente: “no nos dejes caer en la tentación” y no preocuparnos por ella… ¡Nunca! Porque Dios no nos va a abandonar.

También hay otro aspecto que señalar en situaciones parecidas a la anterior (la del líder sectario que asegura su total pureza incluso en asunto de tentaciones) que no salta a primera vista tan sencillamente: la constitución de modelos “divinos” aquí en la Tierra.

Este “auto-reconocimiento” de pureza y gracia, puede llevar, o más bien arrastrar; a una especie de competición para ver quién es más santo: “¡Este es más puro que yo, yo tengo que ser más para ganarme el cielo!”

La santidad no empieza por ese camino… Tal y como decía Jesús: “El que quiera ser el primero de vosotros que sea el último”. Ser el último, no es algo que tú digas: “¿Ah sí? ¡Pues ahora voy a ser el más humilde de todos!”; porque de este modo estás provocando el efecto contrario: la soberbia. La santidad empieza con la humildad, pero no una humildad emanada de la razón, sino que brota del corazón. La santidad empieza en el momento en que uno reconoce plenamente que sólo Dios puede librarlo de la tentación, que sólo Dios puede ayudarle a vencer el pecado…

El camino a la santidad no es ninguna competición. Nadie va más rápido ni más lento por ser más puro o menos puro. El camino es el camino, y cada uno lo recorre con los medios y dones que le haya donado Dios. Nadie llega mejor ni peor… Simplemente el que llega a donde Dios le tiene prevista la meta recibirá tras una sonrisa Suya el premio: la vida eterna.

Autor: Francisco Javier R. S.

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